- CONTENIDO EXTRA -

ZAPATOS

(ILUSTRACIÓN DE CHIRS FATTORI)

Hace muchos años atrás, en un pueblo pequeño y remoto, vivía un hombre anciano que adoraba estar en su taller. Pasaba días y noches enteras trabajando bajo la tenue luz de un alargado candelabro que colgaba por sobre su canosa cabellera y aunque el espacio era bastante reducido, sabía con certeza que era suficiente para él y sus preciadas herramientas que ordenaba por tamaño y función en una repisa de hierro a la cual podía acceder con gran facilidad, tan solo con estirar un poco su brazo para la izquierda.

Una lluviosa tarde, mientras el anciano descansaba, llegó un hombre de baja estatura, con un sombrero negro pero desteñido, un paraguas del mismo color y un abrigo que casi rozaba el suelo. — Alguien me ha dicho que aquí arreglan zapatos. —Dijo aquel hombre de aspecto amable. El anciano, claro, asintió con la cabeza y estiro sus manos para recibir el estropeado calzado. — Así es, mi estimado. —Contestó observando a detalle el producto, para así poder determinar el precio correcto que cobraría al terminar su minuciosa labor.

Una vez que se pusieron de acuerdo en el valor y en el tiempo que tardaría para una correcta restauración, el hombre de mejillas rojizas y bigote enroscado se alejó por la misma vereda que había llegado, mientras que, por otro lado, el anciano pensaba por donde comenzar. — ¿Quizás por la suela? —Se preguntaba y una vez que tomo la decisión, tardó tan solo media hora en terminar aquel trabajo propuesto. Haciendo lucir después de todo, completamente nuevos, esos desastrosos zapatos oscuros que el hombre le había entregado.

A la mañana siguiente, cuando el anciano volvía a su taller para lustrar y pulir los zapatos que pretendía entregar esa misma tarde; se encontró con la desconcertante sorpresa de que todo el trabajo realizado había sido en vano, pues aquellos zapatos, seguían tan rotos como cuando los recibió. De manera que volvió a ocuparse de ellos, pensando en que quizás había cometido algún error. Cuanto terminó de repararlos por segunda vez, bastó tan solo con pestañear para que los testarudos zapatos volvieran a su forma irregular, como si recién hubieran llegado a sus manos. Por tanto, el zapatero insistió con su trabajo, haciendo para el final de la tarde, un total de doce reparaciones al mismo par.

Para entonces, el hombre había regresado a buscarlos y el hacendoso zapatero ya cansado le dijo. — No puedo cobrar más de lo que acordamos, si lo que acordamos fue reparar este par de zapatos y este par de zapatos fue el único par que reparé. —Por lo tanto, el agradecido hombre dejó el dinero acordado sobre un viejo escritorio de madera y con los zapatos bajo el brazo, se alejó. El anciano por su parte, afligido por no haber ganado dinero suficiente, levantó la moneda que el hombre le había dejado y notó, que, a pesar de tener esa moneda en sus manos, seguía habiendo otra más en su escritorio, entonces también la tomó, pero otra moneda apareció. De manera que así mismo volvió a levantarlas hasta por otras diez veces más.